Con sólo mirar al cielo en un paisaje nocturno, podemos divisarla. Grande, redonda, llena de agujeros: la Luna nos visita cada noche y nos ilumina a la distancia, haciendo que extrañemos un poco menos al Sol y otorgándonos momentos de gran romanticismo a todos los que habitamos este planeta.
¿Cuántas veces se han escrito (y leído) historias acerca de parejas que iniciaron su amor bajo la luz de la Luna? ¿En cuántas ocasiones este satélite fue cómplice de los enamorados, de los soñadores, de los escritores y de los diseñadores? No podríamos imaginarnos una noche sin Luna aunque ésta se nos presente en diversas formas: mostrando su cuarto menguante, su cuarto creciente, dejándose ver por la mitad e, incluso también, exhibiendo todo su esplendor en los períodos en los que gran parte de los espectadores duerme y no puede apreciarla.
Justamente, es aquí donde parte nuestra historia. El ser humano jamás fue capaz de vislumbrar a la Luna en todo su esplendor. Nunca pudo verla como realmente es, ya que únicamente ha dedicado sus esfuerzos en conocer la superficie… Todos sabemos que la superficie no muestra de forma fidedigna cómo algo o alguien es en realidad: es precisamente eso, una cobertura y nada más.
Se ha viajado a la Luna en reiteradas ocasiones, se instalaron bases militares allí e incluso hay quienes sostienen que, buscando bien, también podría encontrarse agua. Lo que nadie hizo, ni una vez desde que nació el primer individuo, fue dedicarse a conocerla.
Si todos aquellos que se vanaglorian de su academicismo y se jactan de eruditos se hubiesen ocupado de investigar realmente a su objeto de estudio, hoy sabrían que esta compañera incondicional del planeta Tierra no pasa sus días en absoluta soledad: por el contrario, todos sus secretos y confidencias yacen seguros en un amigo que jamás la ha abandonado.
La flor vive con la Luna desde el principio de los tiempos, sólo que se ha escondido el ojo humano que no todo lo ve. Sería sencillo encontrarla si no se enfocara tanto la atención en lo grandilocuente o lo científico y los astronautas hicieran un intento de ver más allá del estudio pragmático. Este habitante del satélite no ostenta un gran tamaño sino que, precisamente, es muy tímido y se mantiene tranquilo, alojado en uno de los tantos cráteres de su amiga. ¿Dónde está ubicado exactamente ese escondite? Por una cuestión de privacidad no es posible revelarlo, aunque sí se puede dejar entrever una pista: cualquier persona enamorada podrá encontrarla, porque no es necesario buscar con excavadoras o satélites para toparse con ella.
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“Éste es un pequeño paso para el hombre, y un gran paso para la humanidad”.
Es necesario reconocer el don con el que cuenta cierta clase de personas, aquellas que tienen la capacidad intrínseca para acertar precisamente con una frase célebre en momentos determinados. Ya sean para coronar un éxito o para magnificar una derrota sufrida, estas mismas oraciones se graban en lo más profundo de la memoria colectiva, haciéndose camino hacia el cajón de recuerdos de la cultura popular de nuestro planeta.
En este caso, fue con esta frase célebre que Neil Armstrong dio un broche de oro a su histórico viaje a la Luna, luego de aterrizar en ella el día 20 de julio de 1969.
Aquel suceso fue recordado por cada habitante del planeta Tierra que pudo acceder -televisión mediante- a la transmisión del descenso. Continuamente se rinde homenaje (tanto de forma seria como humorística) a este evento que marcó un “Antes” y un “Después” en la historia de la humanidad.
Como todo suceso revolucionario, aquí también pueden encontrarse voces a favor y en contra: están aquellos que idolatran la potencia de Estados Unidos y se enorgullecen de sólo pensar en semejante odisea (incluso sin ser norteamericanos), así como también se encuentran los escépticos de siempre, que en este caso particular, sugieren que el alunizaje fue un montaje cinematográfico para impresionar al mundo y generar la idea global de que Estados Unidos había colonizado el espacio exterior.
Como suele suceder en estos casos, los ávidos buscadores de conspiraciones están cayendo en un error: el aterrizaje a la Luna fue un evento real y exitoso. Tal es así, que incluso fue el disparador de esta historia.
Este es un relato que tal vez nunca tenga la fortuna de llegar a la pantalla grande ni de formar parte de un programa de televisión, dado que se trata de una anécdota pequeña y privada, cuyos protagonistas prefieren el perfil bajo antes que la exposición mediática que generaría un salto hacia la popularidad. Sólo serán capaces de acceder a esta historia aquellos seleccionados previamente, a los que se conoce comúnmente como “afortunados”. Estos bienaventurados podrán conocer, de forma exclusiva, algo que ni el más intrépido de los científicos pudo comprobar luego de años de investigaciones de lo más exhaustivas: quienes lean este cuento, sabrán que hay formas de vida en la Luna.
Para ser más precisos, no se trata específicamente de “formas de vida”, sino que sería más correcto determinar que hay “una” forma de vida. Hay un clavel viviendo en la Luna pero ningún humano fue capaz de advertirlo jamás. Los hombres todavía están muy ocupados con las nimiedades como para darse cuenta de hacia dónde deben fijar la vista realmente para encontrar lo que buscan.
Aquel histórico domingo, el día 20 de julio de 1969, todas las cámaras de televisión apuntaban hacia dos personas: el comandante Neil Armstrong y el piloto del módulo Lunar, Edwin “Buzz” Aldrin Jr. En las instalaciones del Observatorio Parkes, en Australia, se registraron muchas de las múltiples acciones que realizaron los tripulantes de la misión Apolo 11, aunque no por ello se da por sentado que se llevó un seguimiento preciso de todas y cada una de ellas: en un momento dado, “Buzz”, el más melancólico de ambos viajeros espaciales, se inclinó hacia el suelo y cavó un pequeñísimo pozo con sus manos. Una vez realizado ese agujero, vertió en él una diminuta semilla de clavel y la cubrió con la tierra que había desplazado anteriormente.
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“Quiero ir a la Tierra”, dijo la flor a la Luna en la fría mañana del 16 de julio de 1975. De tanto en tanto, surgían interrogante que acosaban al clavel y no lo dejaban descansar en ningún tipo de paz. Aquellos cuestionamientos avanzaban como un huracán… O como avanzaría un huracán si hubiese alguno en la árida tierra Lunar.
- ¿Estás seguro? Te puedo asegurar que no es lo mismo contemplarla desde allá, en su real magnitud, que observarla desde lejos en la comodidad de nuestro hogar.
- Por eso mismo es que estoy tan ansioso por ir: no es justo para ninguno de nosotros que yo siga creciendo sobre tu espalda sin darte respiro. Hiciste un esfuerzo enorme por verme madurar y yo no podría estar más agradecido por todo lo que atravesaste para mantenerme con vida.
- ¿Entonces? – preguntó la Luna, en un inútil intento por ocultar sus celos y temores.
- Entonces, no tenés que preocuparte de que vaya a querer dejarte de lado. Sos mi mejor amiga y eso no va a cambiar nunca. Es sólo un paseo lo que busco… ¿Cómo voy a saber cuál es mi real naturaleza si no conozco a ningún otro ejemplar de mi especie? No sería íntegramente auténtico con mi esencia si ocultara mis raíces.
- Pero… ¿No te alcanza con verlas desde acá?
- ¡No! ¡Por supuesto que no! – replicó el clavel, algo ofuscado por tener que lidiar con la situación de sentirse decepcionado por su amiga – Si bien eso es muy importante para mí, no es lo único que me interesa: también me interesa apreciar la infinidad de los océanos, la inmensidad de los bosques… Hay demasiado por conocer. No quiero morir con la sensación de ver frustrada mi ilusión de ampliar mis horizontes por culpa de una cobardía.
- Está bien… Vamos.
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Luego de una tarde plagada de preparativos, los protagonistas se encontraban listos para el viaje. La flor estaba radiante y más entusiasmada de lo que jamás había estado; por su parte, la Luna se mantenía escéptica frente al proyecto: se sentía eclipsada frente a lo esplendoroso de la Tierra y temía que el clavel la abandonara para comenzar una nueva vida en un entorno más amigable.
Ellos sabían que no podrían aparecerse en una zona poblada y que, obviamente, debían descender al planeta azul en un horario nocturno… Siempre considerando el área en la que pretendieran aterrizar. Por ese motivo, hicieron uso (y abuso) del eje gravitatorio de nuestro mundo y, en un intento por alivinar su peso, la Luna tomó aire y lo contuvo… Como siendo un globo cargado de helio, comenzó a flotar hasta sentirse atraída por la Tierra y comenzar a emprender el viaje del descenso.
¿Cómo detuvo la marcha? Simplemente exhaló.
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En una ubicación indeterminada (¿cuál sería el real sentido de convertir aquel bello e inhóspito bosque en una atracción turística?), la Luna se mantuvo a unos escasos 50 metros de nuestro planeta. No era la primera vez que lo hacía, pero sí cabe destacar que el clavel debutaba como copiloto.
La flor se erigió con cierta timidez, contemplando cada detalle que sus ojos le permitían ver. Dio un pequeño brinco y, gracias a la ligereza de su cuerpo, la caída de 50 metros no reportó daño alguno.
- ¡No lo puedo creer! ¡Llegamos! ¡Gracias, de verdad! ¿Estás contenta? – exclamó, con una expresión de inocencia que su compañera jamás había visto reflejada en aquel rostro. Sus pétalos rojos brillaban de emoción, lo cual hizo que la Luna no pudiera sino emocionarse ante tal excitación. Optó por aplacar sus miedos y otorgó una respuesta afirmativa, fomentando el espíritu explorador.
La Luna alegó cansancio por el viaje, sosteniendo que contener la respiración durante tanto tiempo es perjudicial para la salud. La flor no estaba muy segura de creerlo, pero sabía que ésta era una oportunidad en un millón y pidió permiso para salir a recorrer aquel paisaje nocturno.
Quien condujo a la reducida tripulación, se quedó descansando y mirando una lagura. Su intención era permitir que cualquier evento se diese de forma natural. No quería intervenir ni presionar a su amigo, que tenía el derecho a sentirse a gusto conociendo lo que siempre había soñado visualizar… Aunque, ningún punto de vista lógico que pudiese aplicarse a la frialdad de la situación, era lo suficientemente valedero como para evitar que la Luna sollozara mientras su mente vagaba y su mirada se fundía en el agua que, aquella noche, estaba más iluminada que lo habitual.
¿Volvería por su cuenta a las profundidades del espacio? ¿Acaso la esperaban más millones de años en la misma soledad que la abrumó durante toda la historia de su existencia? Ciertamente, no estaba dispuesta a tomarse en gracia la idea de caer en la soledad de nuevo, mas no consideraba realizar ninguna acción particular para evitarlo.
Sus ojos se cerraban, húmedos, como síntoma de que el sueño había ganado la batalla.
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Mientras la Luna dormía y soñaba con su compañero, el clavel recibió una sonrisa por parte del azar y se topó con un grupo de flores de su especie.
Todas ellas recibieron al nuevo integrante del grupo entre risas y alegría, aún lejos de comprender cómo había sobrevivido a la experiencia de crecer alejada del agua, del sol y de compañeros de su misma raza.
Ciertamente, la (ahora) flor extraterreste, tampoco estaba segura de cómo lo había logrado… En ese instante sus pétalos adquirieron un color azulado, demostrando un cierto nivel de vergüenza: los infinitos esfuerzos de su amiga dieron como resultado a un individuo de contextura física extraordinariamente saludable. De un momento a otro sintió la necesidad de encontrarse con la Luna, aunque (eludiendo sus emociones) no hizo caso a su corazón de flor y se abocó a socializar.
¿Cómo se divierten las flores en una fiesta nocturna? ¡Jugando al limbo! Los claveles más inexpertos se ocupan de darle música al evento, golpeando de forma rítmica los troncos de los árboles circundantes. Por otra parte, los participantes del juego se dividen entre los que sostienen la pequeña caña de bambú y aquellos que inclinan su tallo para pasar por debajo de ella. No hubo ningún intento que nuestro clavel haya podido realizar con éxito, pero sí pudo estar tranquilo de que nadie se fijó en aquel detalle con malicia: su fracaso fue recibido con gracia y acogido a modo de chiste.
Logró hacer buenos amigos, pero era momento de volver a casa.
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Cuando llegó a la laguna en la que su compañera estaba esperándola, sintió que su alma se escapaba de su cuerpo al ver que, ahora, la distancia que las separaba no era de 50 metros, sino que ascendía a los 150. No había forma de alcanzarla con un brinco.
- ¡Hey! ¿Qué hacés ahí? ¿Te quedaste dormida y empezaste a subir? – preguntó la flor con la idea de despejar la tensión, guardando sus miedos a ser abandonada en lo profundo de su conciencia.
- No, todo lo contrario: me desperté y no estabas, así que pensé que te había perdido – replicó una dañada Luna, con actitud de desdén. Su papel de soberbia jamás fue convincente, por lo cual no pudo huir del escrutinio de su interlocutor.
- Sabés que no me había perdido. ¿Qué pasa? ¿querés volver sin mí? – inquirió, con la voz quebrada, temiendo la respuesta que pudiera recibir.
- ¿Sos loco? ¿Cómo voy a volver sin vos? Lo extraño sería, de hecho, cómo vos podrías volver a pasar tus días con alguien como yo.
- ¿Eh? ¿De qué estás hablando?
- Vos me entendés, Clavel – siempre que una mujer utiliza el nombre de pila completo de un hombre en la conversación, está dando un signo de que la cosa se puso seria – ¿cómo alguien como vos querría volver a estar con alguien como yo? Soy gorda, blanca, redonda y llena de pozos. Mi superficie es fría, árida y no hay una gota de agua. ¡Mirá lo que es esto! Sólo con bajar acá me doy cuenta de lo que soy yo… No tengo nada que ofrecerte frente a este planeta: hay vegetación donde quiera que veas, aire puro y fresco, agua y luz del Sol. ¿Qué podría hacerte más feliz que tener todo eso?
- Es simple: Tenerte a vos.
- No seas tonto. No desperdicies la oportunidad que se te está presentando – respondió la Luna. Su boca decía una cosa, pero su lenguaje corporal sostenía lo contrario, porque comenzaba a acercarse a tierra firme.
- En realidad, sería un tonto si te dejara ir. ¿Te cuento algo? Mi hogar no va a estar en donde encuentre agua, comida o ejemplares de mi especie. Mucho menos, voy a pensar que necesito de los presumidos árboles para llevar a cabo una buena vida. Me siento en casa cuando estoy con vos, a tu lado. Me diste todo lo que siempre necesité y mucho más. Te preocupaste por mí cuando, en tu lugar, nadie habría destinado más de cinco minutos en mi persona. Por eso y, por mucho más, no quiero alejarme de vos. ¿Te cuento algo más? Quiero subirme a tu lomo y que nos quedemos juntos hasta el fin de los tiempos. Sólo de esa forma voy a sentirme en casa.
La Luna, que había cuidado del clavel desde el primer instante en que la semilla fue plantada en su suelo, había desarrollado sentimientos más allá de lo amistoso para con su compañero. Ajena a sentir cualquier atisbo de instinto materno, comenzó viendo al clavel como un amigo confidente… Con el tiempo, aquello se convirtió en un amor platónico. Pensó que jamás podría sentirse completa junto a la flor… Hasta aquella noche del 16 de julio de 1975, cuando supo que su vida de satélite solitario había concluido. Desde ese entonces, supo que iba a ser feliz por siempre.
te amo mucho!